La declaración Gravissimum Educationis, promulgada por el papa Pablo VI en 1965, representa la visión del Concilio Vaticano II sobre la importancia decisiva de la educación en la vida del hombre y su influjo en el progreso social. En un contexto de rápidos avances científicos y técnicos, la Iglesia reafirma que la educación no es solo una necesidad social, sino un derecho inalienable fundado en la dignidad de la persona.
Un derecho universal y una vocación cristiana
El documento establece que todos los hombres, sin distinción de raza, condición o edad, tienen derecho a una educación que responda a su fin propio y tradiciones, pero que también fomente la unidad y la paz.
Para los cristianos, este derecho se profundiza: al ser «nuevas criaturas» por el bautismo, tienen derecho a una educación cristiana que los inicie en el misterio de la salvación y los prepare para dar testimonio de su fe y contribuir al bien común.
Es, por tanto, un imperativo categórico la constante actualización de los educadores, según los progresos de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente las condiciones físicas, morales e intelectuales de los niños y adolescentes .
Los protagonistas del proceso educativo
El documento conciliar enfatiza tres actores fundamentales con responsabilidades claras:
- La familia: Los padres son reconocidos como los primeros y principales educadores. Su deber es crear un ambiente animado por el amor y la piedad, siendo la familia la «primera escuela de las virtudes sociales».
- La sociedad y el Estado: El Estado debe proteger los derechos de los niños y de los padres, garantizando la libertad absoluta en la elección de escuela. La Iglesia se opone a cualquier monopolio escolar estatal, defendiendo el pluralismo de la sociedad moderna.
- La Iglesia: Tiene la obligación de educar no solo como sociedad humana, sino por su deber divino de anunciar el camino de la salvación y ayudar a los fieles a alcanzar la plenitud de la vida de Cristo.
La escuela y la universidad católica
Entre todos los medios de formación, la escuela es considerada de «máxima importancia» por cultivar las facultades intelectuales y desarrollar el juicio recto. La nota distintiva de la escuela católica es crear un ambiente comunitario animado por el espíritu evangélico, donde el conocimiento del mundo sea iluminado por la fe.
Dice al respecto, el Sagrado concilio: “[…] la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana” (Gravissimum Educationis, n. 8).
Asimismo, las universidades católicas tienen el encargo de promover un diálogo armónico entre la fe y la razón. Se busca que los alumnos se conviertan en hombres de prestigio por su doctrina, preparados para funciones importantes en la sociedad y testigos de la fe en el mundo.
Además, exhorta a una colaboración mutua de saberes y hallazgos: “[…] las mismas universidades han de unir sus aspiraciones y trabajos, promoviendo de mutuo acuerdo reuniones internacionales, distribuyéndose las investigaciones científicas, comunicándose mutuamente lo hallazgos, intercambiando temporalmente los profesores y proveyendo todo lo que pueda contribuir a una mayor ayuda mutua” (Gravissimum Educationis, n. 12).
El Magisterio como Apostolado
El Concilio exalta la vocación de los maestros, calificando su función como un verdadero apostolado. Se les pide que se preparen con diligencia tanto en ciencias profanas como religiosas, y que den testimonio de Cristo, el «único Maestro», a través de su vida y doctrina: “Recuerden los maestros que de ellos depende, sobre todo, el que la escuela católica pueda llevar a efecto sus propósitos y sus principios”, resalta el documento.
Gravissimum Educationis concluye con una invitación a los jóvenes para que abracen la labor educativa con generosidad, recordándoles que la renovación de la Iglesia y el progreso del mundo dependen de una formación integral que una la verdad con la caridad
APEP reafirma su compromiso educativo inspirado en el Concilio Vaticano II
El papa León XIV ha sido muy reiterativo durante su pontificado de volver la mirada a los documentos conciliares del Vaticano II, recordando al ámbito educativo la Gravissimum Educationis. La labor de APEP no solo consiste en enseñar los oficios, sino que prepara para la vida combinando entre las nuevas técnicas y una sólida base en valores. Además, es de resaltar la formación de estudiantes pertenecientes a otros credos, sobre los que también hace un énfasis el documento conciliar.
Fuente:
Concilio Vaticano II. (1965, 28 de octubre). Declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana. https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_gravissimum-educationis_sp.html