La Fe ante el Dolor de la Naturaleza

La educación católica es siempre, y sobre todo, una educación en la fe y a partir de ella. Uno de los textos evangélicos más luminosos para comprender nuestra realidad es el que nos habla de «los signos de los tiempos», a través del cual Jesús nos invita a mirar los acontecimientos cotidianos para descubrir la presencia de Dios.

Lo ocurrido recientemente con los terremotos es algo tremendo, y no resulta fácil descifrar el mensaje divino que parece esconderse en medio de tanto dolor. Lo primero que debemos aceptar es que la naturaleza posee una dinámica propia que no siempre comprendemos del todo; de hecho, aún está por construirse una teología profunda del mundo natural. Aunque vamos conociendo cómo funcionan los terremotos o los huracanes, no terminamos de entender su lógica definitiva. Ya san Pablo, en su carta a los Romanos, lo expresaba al explicar que el orden creado comparte de algún modo la caída y la esperanza del ser humano:

Porque la creación espera con gran impaciencia la manifestación de los hijos de Dios […]. Sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto.

Romanos 8,19-22

A través de este antropomorfismo, atribuir cualidades humanas a la naturaleza, el apóstol nos sugiere que la creación misma está como expectante, esperando su liberación, como si también ella hubiera sido tocada por las consecuencias del pecado. Esto nos recuerda que la naturaleza a veces actúa por su cuenta y que estas catástrofes no son necesariamente un reflejo de la voluntad de Dios.

Del Drama Natural al Drama Humano

Al analizar el drama natural, pasamos inevitablemente al drama social y antropológico. Aquí la connotación cambia porque entra en juego la responsabilidad humana: ¿por qué ocurren estas tragedias desde nuestra perspectiva?

Aparece entonces el dolor de constatar que se desoyeron las advertencias técnicas sobre la fragilidad de los terrenos y las normativas de construcción. El haber dicho olímpicamente «no me importa», priorizando los negocios y revistiendo las acciones con lemas atractivos como «vamos a darle casa a los pobres», terminó demostrando que esos proyectos no eran ni buenos ni verdaderos.

Aquí se nos presenta el gran desafío educativo. Para nosotros, como educadores católicos, el reto es doble:

  • Encontrar una mística. La espiritualidad capaz de descubrir la presencia de Dios incluso en medio de la contradicción y el sufrimiento.
  • Diseñar una estrategia. Una propuesta pedagógica que inspire una verdadera transformación social.

Solidaridad y Sostenibilidad: El Camino del Trabajo

En medio de la emergencia, impresiona la enorme ola de solidaridad nacional e internacional que se ha desatado. Ha sido un movimiento conmovedor que arrancó desde los motorizados en las calles hasta alcanzar las más altas esferas internacionales; de alguna manera, el barco en el que todos navegamos está resultando benéfico.

Por esta razón, tanto la educación para el trabajo como la formación para el emprendimiento deben incluir dentro de su esquema fundamental la cultura de la prevención y la seguridad de los participantes. Prepararse para un mundo sostenible, aprender a edificar construcciones seguras y respetar los mapas de riesgos, saber dónde se puede construir y dónde no, es un desafío técnico y ético que todavía tenemos por delante.

Reconstrucción: La Vida Siempre se Impone la vida siempre puede más

Finalmente, al mirar el horizonte de la reconstrucción, vuelve la vida. La experiencia personal, social e histórica nos demuestra que la vida siempre puede más y termina imponiéndose; después del sufrimiento, siempre florece un nuevo comienzo. El mejor ejemplo es el parto: hay un dolor inmenso en el proceso, pero inmediatamente después aparece la vida con todo su esplendor y futuro.

No tiene por qué ser de otra manera en este caso. Nos unimos en oración por todas las personas que han perdido a sus seres queridos y sus bienes materiales. Pero, de inmediato, debe brotar en nosotros la respuesta vital de la solidaridad: estar a su lado y sumar nuestro esfuerzo, por pequeño que sea. Es el momento de decirnos: Estamos juntos, vamos en la misma barca, nos necesitamos los unos a los otros. Solo así, unidos, podremos construir y reconstruir a Venezuela.