Quedó registrado en mi agenda el título de la nota prevista para nuestra publicación virtual, la cual planeaba entregar el pasado viernes 25 de junio. Sin embargo, se hace imposible escribir lo planificado después del terremoto —y de los movimientos telúricos con sus consecuentes réplicas— que nos sacudieron desde la tarde del día de San Juan.

Como quien remueve escombros con la urgencia de salvar vidas, me dispongo a recoger preguntas. Algunas son urgentes e inmediatas: ¿Están todos bien? ¿Falta alguien en la familia APEP o entre sus allegados? Otras son evidentes ante el desastre: ¿Qué pérdidas hay? ¿Cuáles son los daños materiales? Y están también aquellas que brotan de la solidaridad más pura: ¿En qué puedo servir? ¿A quién puedo ayudar?

Preguntas incómodas para tiempos de cambio

Más allá de los centros de acopio y ayuda —que en estos momentos ni faltan ni sobran—, me sacuden preguntas incómodas pero inevitables para nosotros como educadores. Como cristianos, llevamos una década interpelados por el llamado del papa Francisco a construir un Nuevo Pacto Educativo Global, y ya sumamos un par de años escuchando advertencias sobre los retos, antiguos y nuevos, que la Inteligencia Artificial plantea al concepto mismo de humanidad.

Nos resulta natural y evidente convocar a la solidaridad ante la tragedia. Sin embargo, la mirada profunda de la Ación Social de la Iglesia nos obliga a ir más allá de la emergencia:

  • ¿Por qué, luego del terremoto de Caracas en 1967, se permitió y continuó un desarrollo inmobiliario de tal magnitud en zonas de riesgo como Altamira o San Bernardino?
  • ¿Por qué el campo venezolano —en zonas no sísmicas— sigue abandonado, mientras la población se continúa concentrando en el peligroso surco tectónico sísmico de Boconó y el Caribe? ¿Sabemos siquiera de qué se trata este fenómeno?

Recordando las sabias palabras del Padre Emilio Blaslov:

«…porque haya petróleo no se puede condenar a la miseria a todo un país…».

Hoy esa miseria también se traduce en falta de planificación y educación para el riesgo.

Educar en el Antropoceno: Del Credo a la Realidad

Como educadores católicos, cabe preguntarnos: ¿Seremos capaces de relacionar la enseñanza del Credo —«Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…»— con los riesgos de destrucción a los que nos enfrenta la evolución del Antropoceno? ¿Entendemos realmente lo que este término implica? Y más importante aún, ¿tenemos las herramientas pedagógicas para comunicarlo a nuestros estudiantes?

Hacernos estas preguntas es el verdadero equivalente a buscar sobrevivientes entre los escombros de los sismos de san Juan. En medio de las crisis ambientales, tecnológicas y sociales, nuestra misión educativa y cristiana es clara: hay que encontrar lo vivo y salvarlo.